Carmila


Con dedos temblorosos acarició los delicados y húmedos pétalos de aquella flor.​

Sin saber -¿por qué?- había escogido aquella, entre todas las demás.

El jardín era inmenso y había flores que cubrían hasta los más recónditos rincones de aquel hermoso y recluido lugar. La primavera había estallado en vida y los colores de la vida misma, estaban presente allí, en alegoría a la estación mas fecunda del año.

Carmila desde muy pequeña había hecho suyo aquel hermoso paraje y lo cuidaba y limpiaba de malezas, sin descanso. Tal vez el alma de su madre enterrada bajo la tierra de aquel lugar era quien guiaba a la joven y un sentimiento profundo la arraigaba allí.

La gente de los alrededores, solía decir, que la incurable enfermedad de su madre, había trastornado su mente. La veían vestida con aquellas ropas, adornadas con miles de pequeñas flores, bordadas por ella misma, sobre su largo y blanco vestido, -que parecía un sudario- más -que un vestido juvenil.- Muchas de ellas con auténticos pétalos, que de alguna manera Carmila, lograba preservar y parecían vivir día a día, con más bella lozanía que el anterior.

Su pelo largo y reluciente, coronado por verdes trenzas confeccionadas con juncos frescos, también daban a su aspecto, un toque espectral y etéreo.

La gente acudía, sin embargo, a comprar sus flores, pues eran las más fragantes y perdurables de todas las que hubiesen podido adquirir en los mercados.

Este año Carmila cumplía quince años en plena primavera y su serenidad habitual, su tranquila y profunda mirada habían cambiado. También sus labios lucían más rojos que el carmín de las rosas en su huerto. Tal vez algo en su interior renacía como la primavera misma.

¿Tal vez? -fue esto lo que movió su mano y sin querer apretó entre sus dedos las espinas del rosal. Lo cierto es que gotas de sangre corrieron por su mano y vertieron su encendido rojo sobre la fértil tierra, bajo la cual, yacía el cuerpo de su madre.

Un temblor pareció agitar la sepultura y luego vino la lluvia, repentina y sorpresiva que cayó a torrentes sobre el huerto y sobre la pálida tez de Carmila.

El cielo derramo pródigo un diluvio que duró muchos días. El gris oscuro predominó sobre la tierra apartando al Sol tras su cortina.

El agua incesante fue desgranando, uno a uno, los frágiles pétalos que yacieron inertes cubriendo la tierra con un hermoso velo de ricos matices. Poco a poco perdieron su color y languidecieron al igual que la niña que vio con hondo sentimiento, como su huerto de esperanza y esplendor se doblegaba y perecía sin remedio ni cura alguna.

Una mañana el Sol volvió a brillar mostrando un arco iris sobre el mustio jardín de Carmila. Ella caminó entre las ramas, vacías de color y vida, con su vestido aún mojado, que apretaba y sofocaba a la joven, delineando su adolescente busto que ahora comenzaba a pesar en su pecho juvenil. Su pelo largo parecía abrazar también, el cuerpo de la niña mientras su corona de juncos, había perdido su arrogancia y belleza.

La tumba, otrora, llena de flores se veía hundida y marcaba un rectángulo barroso el cual por una de sus esquinas dejaba penetrar el agua que aún corría en manantial hasta su seno.

Cuenta la leyenda que Carmila desapareció del valle y desolada se le vio partir por el camino sin prisa ni destino.

Mucho tiempo después, una mañana de primavera gloriosa, el trinar de los pájaros sobre el valle, advirtió a la comarca su regreso.

La mirada serena de una mujer plena, con su vestido largo y blanco, con el pelo largo y suelto al viento, saludó a la gente que la miraba al caminar segura y firme hacia su hogar, el que una vez fuese el jardín más bello de la tierra, ahora abandonado y salvaje.

-Carmila había vuelto.

Sobre la tumba de su madre había crecido la cizaña y plantas nunca antes vistas por Carmila, sin embargo, y sobre ellas predominaba el rojo de una flor hermosa y fragante, cuyos pétalos reflejaban iridiscentes las alas transparentes de un pequeño pájaro que parecía estático y suspendido, saboreando el dulce néctar que emanaba de la flor.

La mujer trabajó arduamente por semanas y al cabo de ese tiempo la transformación era evidente. Nuevamente las casas del pueblo adornaban sus balcones con las flores más hermosas y fragantes.

Una planta extraña había crecido junto a la tumba de su madre y su color purpúreo y su aroma desconocido embriagaba los sentidos de Carmila.

Una mañana Carmila despertó cansada y fatigada y su recorrido hasta el huerto le produjo un malestar ajeno a ella, siempre tan feliz, tan llena de ansias de vivir. Así... pasaron los días y las noches y Carmila comprendió que aquella terrible enfermedad que arrebató la vida de su madre, ahora se cernía sobre ella y no tardaría en hacerle compañía.

Una noche de fiebre y dolor, pesadillas fantasmales asolaban su sueño y el sudor frió recorría su cuerpo y su alma.

Unas manos huesudas salieron de la tumba y ofrecieron a Carmila, en una vasija de arcilla, un brebaje como el vino, humeante y espeso, que al beberlo, quemaba sus labios y penetraba en su garganta desgarrándole el pecho y sacudiendo como una garra, el corazón de Carmila.

En la mañana Carmila yacía extenuada junto a la tumba de su madre y aferrada a aquella extraña planta encarnada, bebía de su néctar.

Hoy el pueblo está de fiesta el dolor de las heridas quedó atrás. Muchos acuden ahora a ver a Carmila y no es solo para comprar sus flores preferidas hoy buscan consuelo a sus males y curan para siempre a los queridos, gracias a la mujer que volvió para quedarse y dar salud a los enfermos.

F I N

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