Memorias de una Mujer


Tal vez el tiempo se había detenido para siempre en aquel lugar el día que me fui.

Allí estaba la edificación frente a mí, sumida en la bruma de la mañana, entre los árboles que seguían estáticos e imponentes cuidando la vieja casona donde viví la infancia y tal vez los días más felices de mi vida.

Partimos una noche sin saber por qué o al menos, yo no lo supe entonces y tal vez nunca llegaré a comprender aquellas fatídicas circunstancias que cortaron de raíz mi niñez.

Aún media dormida mi madre me envolvió en una frazada mientras todos en la casa corrían de un lado a otro, recogiendo desesperada y apresuradamente cosas, para luego subirnos a la camioneta de un amigo de mi papá y partir hacia la vida, en un mundo ajeno a mí.

Asocié difusamente todo ese alboroto a que mi hermano Juan y mi hermana Aura no habían vuelto en todo el día y cuando me dormí creo que aún, todos seguían tratando de calmar a mi mamá que no dejaba de llorar.

Nunca más les volví a ver, -digo a mi hermano y a ella, mi querida hermana y compañera Aura.

Al ver nuevamente la casa, mis ojos volvieron a llenarse de estrellitas como lo hacían cuando era solo una chiquilla, pero todo fue tan fugaz que la llovizna borró el resplandor de mis ojos y volvió a llover copiosamente dentro de mi alma triste y emocionada.

Permanecí, sentada en el auto, sintiendo las finas gotas de agua deslizarse sobre el vidrio y mirando a través del parabrisas, vi la fachada de la casa haciéndose borrosa, movediza e insustancial, creando una imagen irreal fuera y dentro de mí, hundiéndome en un manantial que suavemente me arrastró dentro de la corriente de mis recuerdos.

No sé cuanto tiempo permanecí allí, sin saber si volver el auto en el camino y desaparecer para siempre de aquel lugar que un día fuera mi casa, mi mundo y mi todo o penetrar de vuelta en mi corto pasado. Con resolución caminé finalmente por el sendero hacia la vieja construcción en busca de ese pedazo de “algo” que faltaba a mi alma.

No pude abrir la puerta en mi primer intento pues los años no habían pasado en balde y el tiempo y la lluvia se habían encargado de sellar los goznes con herrumbre, al final volví al auto y extraje la llave de ruedas, con ella logré finalmente mi cometido.

Todo esto había conseguido afortunadamente distraer mi mente de los recuerdos que me agobiaban, pero cuando me encontré de pronto en el interior de la sala central y vi los muros, con los cuadros de mi padre que colgaban entre telas de arañas, lloré, y mi llanto contenido, por tanto tiempo, desde esa fatídica noche, hasta el día de hoy, estremeció profundamente todo mi ser por mucho rato, hasta que todos los músculos de mi cuerpo dejaron de doler y se sintieron cansados.

Abandonada totalmente a mi dolor, me dejé caer, resbalando mi espalda por la muralla hasta el suelo mientras el llanto rodó por mis mejillas hasta el pecho sin que yo hiciera esfuerzo alguno por detenerlo.

Recorrí la casa deteniéndome en cada lugar para evocar memorias de mi infancia, tal vez con cierto anhelo de sentir placer en el dolor, que me producía no haber podido gozar una comarca infantil junto a mis hermanos... -en mi propia casa.

Encontré sobre un armario el álbum de fotos que mi mamá guardaba siempre junto a su velador y al hojearlo me di cuenta que las fotos ya no estaban allí, sin embargo el tiempo se había encargado de marcar cada espacio donde alguna vez estuvieron.

Creí en ese instante, y estaba segura de que de tanto revivirlas en mi vida, día a día, podría recordarlas, casi todas ellas, con solo poner mi mano sobre el hueco claro, con sus bordes más oscuros que enmarcaban aquellos recuerdos desaparecidos desde aquel libro, pero no así, de mi corazón, donde permanecían guardados para siempre.

Así lo hice. Comencé a mirar las hojas vacías luego elegí una en especial, puse mi mano sobre uno de los huecos y cerré mis ojos.

Poco a poco, una magia extraña comenzó a ejercer su conjuro. Al principio, se dibujaron en mi mente imágenes difusas pero luego gradualmente se fueron haciendo más precisas y pude ver casi perfecta la foto de mi hermano saludándome montado sobre su caballo.

Así, una a una se fueron repitiendo en mi mente casi todas aquellas fotografías, que llenaron mis días de infancia, hasta que una de ellas saltó abruptamente nítida y real.

Abrí los ojos y la vi allí, clara y fulgurante en sus colores, pero no, esta vez no solo estaba en mi imaginación.

¡Estaba allí como la primera vez pegada nuevamente al libro!

Traté de cogerla, tal era su realismo, pero al hacerlo, desapareció, luego al retirar mi mano, volvió a reaparecer más impactante y bella que nunca.

Aura, mi hermana querida me sonreía, encaramada allí sobre la roca blanca al final del sendero.

Los colores increíblemente vívidos de las mariposas que parecían volar sobre los adornos floridos con los que mi hermana sujetaba sus cabellos, volvieron a hipnotizar mi alma.

Absorta contemplé la foto y recordé esa lejana tarde en que mi hermana me llevó allí para mostrarme algo mágico y trascendental que había descubierto en un recodo del sendero. -¡Nunca pudo hacerlo!

Mi madre nos llamó con tanta insistencia y enojo, que tuvimos que volver y dejar todo inconcluso.

-¿Tal vez algo en el aire?

-¿Tal vez un presentimiento hacía que la gente actuara con tal exasperación y vehemencia en los últimos días?

También recordé que Aura me culpó a mí, por demorarme en tomar las fotos, por lo que mi mamá descargó toda su furia sobre mí, castigándome en mi cuarto por el resto de la tarde.

Aún creo que fue muy injusta conmigo y lo peor de todo es que, Aura nunca me dijo qué es lo que había encontrado y eso... -atormentaba mi espíritu extrañamente, hasta el día de hoy.

Volví a mirar la foto y algo casi imperceptible llamó poderosamente mi atención.

Algo había cambiado.

Las mariposas ya no estaban y mi hermana ya no sonreía, sin embargo su gesto y su mano mostraban ahora aquel sendero del río.

Cerré nuevamente los ojos y reflexioné profundamente diciéndome que la razón llegaría nuevamente a mí y al abrirlos comprobaría que allí sobre el álbum no encontraría fotografía alguna, pues ya no existían físicamente en aquel lugar.

Permanecí allí por no sé cuanto tiempo, absorta en el recuerdo y presa en los parámetros adimensionales de aquel enigmático álbum, presintiendo que algo asombroso me arrastraba inexorablemente dentro de un prodigioso e incomprensible misterio que electrizaba mi espalda con temor y, sin embargo, embriagaba mis sentidos.

Repentinamente un viento extraño sopló en la habitación helando todo a su paso, luego una fuerza misteriosa jaló mis cabellos sumiendo todo mi ser en un agujero profundo y oscuro.

No sé cuanto tiempo permanecí allí, hasta que un intenso relámpago de luces cegó mi conciencia.

La habitación lúgubre, las telarañas, la casa, el armario, los cuadros, el misterioso álbum... -Todo, todo había desaparecido.

Luego, quizás dentro de un segundo en el tiempo, el murmullo de las aguas del río se hizo audible a mis oídos para luego enmarcar aquella voz que nunca creí volvería a escuchar otra vez en mi vida, pero que, sin embargo, había permanecido en mi espíritu, dormida tal vez pero nunca olvidada.

-¡Matilde! -¡Matilde!

-¡Matilde corre que se nos hace tarde!

-Escuché clara y cantarina la voz de mi hermana adorada.

Apenas podía verla ya, doblando el recodo y solo distinguía algunos de los colores de sus adornos en el pelo, perseguidos por miles de mariposas de fulgurantes colores que revoloteaban ansiosas a su alrededor.

-Ahora podrás verlo por ti misma.

-¡Es Maravilloso! -¡Apúrate te digo!

Mi corazón pareció saltar dentro del pecho y corrí, corrí, corrí como nunca antes lo había hecho.

Allí sobre el agua del río revoloteaba la mariposa más grande que yo haya visto. Tan grande como un cóndor con sus inmensas alas transparentes que despedían colores luminosos.

Luego cayó la noche y todo desapareció de mi vista.

Comprendí que se me hacía tarde, muy tarde. -¿Tal vez? -Pero esta vez no me castigarían.

F I N

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