CALEIDOSCOPIO

-¡Creo firmemente que esta Navidad, vivirá para siempre en los recuerdos de Vavinco!

Lo cierto es que Vavinco cuando comenzó a iniciar sus experimentos de ADN, jamás pensó en lo que ocurriría un día siniestro.

Mientras se encontraba en el Laboratorio, mezclando con sus manos el líquido que se encontraba en unos frascos, ocurrió aquel terrible terremoto que casi todo lo estremeció.

Una vez que todo había pasado, Vavinco se encontró en el suelo con los frascos aún en sus manos. pero completamente quebrados.

En una de sus manos había un corte más o menos profundo.

En ese instante Vavinco se dio cuenta que los líquidos habían caído sobre sus manos, penetrando por la cortadura.

Entonces ocurrió algo sumamente extraño.

El tajo por el cual debía verter gran cantidad de sangre permanecía seco.

Repentinamente, lento y poco a poco, comenzó a cerrarse, hasta quedar ninguna huella sobre su piel.

Su mano lucía tersa y sana como si nunca hubiera tenido una herida.

De ahí en adelante... -a aquel científico comenzaron a ocurrirle extraños fenómenos.

Ese día, después de la playa se dirigió al Pueblo donde compraría algunos artículos necesarios para la casa, la Navidad y otros que tenía en mente para sus experimentos.

Al deambular por las calles del pueblo después de haber hecho varias compras en un depósito de pinturas, una tienda llamó su atención.

Era un gran almacén de juguetes y cosas para niños.

A través de los vidrios de las grandes ventanas del local, los juguetes de plástico parecían irradiar sus brillantes y alegres colores.

La tienda era un inmenso caleidoscopio gigante y atractivo.

Globos inflados con gas se movían con el aire de los ventiladores, solo les detenía un delgado hilo, para que no escapasen, elevándose hasta el cielo de la tienda.

Era un mar de colores en constante movimiento. Inclusive; los dependientes vestían coloridas prendas y un payaso gigantesco danzaba entre las estanterías agitando una colosal trompeta de tonos dorado y plata, la que al sonar disparaba pompas de jabón que volaban en todas direcciones creando un sin número de diminutos lentes que ampliaban y realzaban el ambiente de carnaval y fiesta, para alegría de los pequeños clientes que acudían al local.

Todo esto era observado atentamente por los ojos ensimismados de Vavinco, quien sin darse cuenta atesoraba en su cerebro, los cambiantes coloridos que le invitaban con sus guiños y de alguna manera producían en él, una inmensa alegría y mareaban dulcemente sus sentidos.

La primera advertencia llegó al abrirse las puertas automáticas de gruesos cristales. El inmenso bullicio del interior de la tienda salió entonces, con toda su estridencia.

Los sonidos de numerosas campanitas, “bip–bip” de juguetes mecánicos, chirridos de pequeños vehículos a baterías y fuertes gritos de alegría de los cientos de niños que a esa hora llenaban la tienda, salieron estrepitosamente a la calle.

Sus voces de agudos y altos decibeles, así como el tremendo barullo hirieron los tímpanos de Vavinco volviéndole a la realidad.

De pronto se encontró frente a la vitrina, mirando su propio rostro reflejado en el vidrio.

Esta era definitivamente, la segunda advertencia. –¿Tal vez? –la más clara e importante de que algo terrible estaba ocurriendo.

Frente a él, diluida en el vidrio por las luces del interior del local, estaba la imagen de un hombre con el rostro pintado de múltiples colores, que habría la boca en un silencioso grito de espanto.

Aterrado Vavinco corrió de vuelta hacia el carro y metiéndose en él, se cubrió el rostro con las manos, temeroso de ser visto por algún transeúnte.

Una vez más repuesto de la impresión sufrida, se subió el cuello de la camisa y hundiéndose cuanto pudo en el asiento del automóvil hizo arrancar el motor y haciendo sonar las ruedas se alejó del pueblo perdiéndose entre las colinas, rumbo al mar.

El sonido familiar de las olas acariciaba sus oídos y la brisa fresca enfriaba el sudor de su cuerpo.

Sentado sobre la arena Vavinco observaba los últimos rayos del Sol besar la inmensidad del océano. El sobresalto de la emoción sufrida, aún hacía bajar por su espalda, olas frígidas que estremecían todo su ser.

Finalmente decidido retornó al interior de su vehículo y encendiendo la luz se miró en el espejo retrovisor.

Aún leves matices aparecían y desaparecían como vibrando en la piel de su cara.

Vavinco supo entonces que debería esperar la oscuridad completa de aquella noche, para retornar a su hogar.

Horas después, detenía el coche frente a la casa y encendiendo nuevamente la luz de la cabina se miró con aprehensión en el espejo retrovisor, sabía que no debía por ningún motivo alarmar a Irenia quién seguía feliz con su embarazo.

Todo había vuelto a la normalidad, los escandalosos colores habían desaparecido de su rostro. Respirando aliviado, aunque aún muy nervioso, se bajó del auto y encaminó sus pasos hacia el inmueble.

Irenia lo esperaba en la puerta, al parecer desde hacía mucho rato.

–“¡Te he estado esperando muy preocupada!

–“¡No tienes idea cuanto!”

–“¿Qué pasó mi vida?” –Irenia con un tono intranquilo en su voz increpó a Vavinco dando muestras de su gran preocupación.

Vavinco se sintió tan conmovido por el desvelo de su esposa, que hasta hubiese querido contarle todo, pero calló consciente del trauma que su narración podría ocasionarle, no-solo, a ella, sino, también, al bebé que estaba por nacer.

La verdad terrible que guardaba en su alma no debía compartirla con Irenia. Comprendía que día a día aumentaba el fenómeno y debía tratar de revertir sus efectos.

-¿Afectaría hereditariamente al niño?

–¿Cómo lograrlo?

-¿Habría alguna forma de controlar sus efectos tan drásticos y visibles?

Preguntas y más preguntas que daban vueltas en la cabeza de Vavinco sin obtener una clara respuesta.

Muy, muy tarde esa noche Vavinco logró conciliar el sueño pensando en que mañana es Navidad.

F I N

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